DESDE COLOMBIA, CON ...NOSTALGIA Por Charrusco Villalón
Publicado por administrador el Diciembre 20 2009 11:00:34
Recuerdos de una persona
Charruvillalón
Era el invierno de 1971 y yo vivía en Santiago como estudiante del Instituto Pedagógico. Mi vida transcurría entre la capital y el añorado Illapel, adonde viajaba cada vez que no había clases y si había algo de dinero para el transporte. A principios de Junio, el gobierno de Allende se aprestaba a celebrar con “bombo, quena y charango” la nacionalización de las minas de cobre que hasta ese momento pertenecieron a las empresas norteamericanas. “Nuestro cobre, la carne de la pampa”,
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Recuerdos de una persona
Charruvillalón

Era el invierno de 1971 y yo vivía en Santiago como estudiante del Instituto Pedagógico. Mi vida transcurría entre la capital y el añorado Illapel, adonde viajaba cada vez que no había clases y si había algo de dinero para el transporte. A principios de Junio, el gobierno de Allende se aprestaba a celebrar con “bombo, quena y charango” la nacionalización de las minas de cobre que hasta ese momento pertenecieron a las empresas norteamericanas. “Nuestro cobre, la carne de la pampa”, cantaba una canción de Ernesto Yáñez compuesta para tan importante ocasión. Días antes de esta celebración había llegado mi madre a Santiago para hacerse operar de su vesícula y estábamos haciendo los trámites necesarios para este fin. Una noche de esas comenzó a temblar y luego más y más hasta que tuve que tomar a mi madre y pararnos en el centro del departamento de un tercer piso del barrio Macul en donde sobrevivimos nuevamente a un terremoto. De Illapel llegaron nuevamente las tristes noticias que el pueblo una vez más había quedado en el suelo, y para variar, habíamos sido el epicentro del sismo. El anterior había sido en Marzo de 1965, del cual me recordaba junto a mi abuelo Julio debajo de un parrón.
Con esta tragedia se disminuyeron los ánimos alrededor de la nacionalización del cobre, del “sueldo de Chile” como decía Allende, y yo, de apenas 23 años me moría de ganas de irme a Illapel a trabajar con mi gente en ese momento difícil. No pude hacerlo porque debí convertirme en el enfermero oficial de mi madre, quien tenía que operarse pronto antes que su vesícula se complicara. En esos días existía un seguro para los profesores y mamá podía acceder a ese servicio. Como es de imaginarse, eso era un trámite largo y engorroso, además que había urgencia de operar.
Fuimos entonces a conversar con el doctor Benjamin Kaplan, notable otorrino de origen alemán quien había operado veinte años atrás a mamá de sus pólipos en la garganta. En la visita que le hicimos en el Hospital Militar, en la Avenida Los Leones en Santiago, el médico se mostró muy amable y cariñoso. Revisó a mamá y luego me hizo el gran favor de mirar mi propia garganta ante su evidente sospecha de posibles herencias genéticas. Efectivamente, comprobó la debilidad de mis cuerdas vocales y me recomendó que hiciera un curso de impostación de la voz, cosa que hice con la bella cantante chilena Angélica Montes durante dos semestres. El destino me llevaría años después a vivir de mi garganta como cantor y como docente y nunca me ha olvidado de don Benjamin y de sus sabios consejos. Al ver la modestia nuestra, don Benjamín nos dijo que hablaría con un cirujano amigo suyo para que la operara sin cobrarnos. Nos envió con el cirujano recomendado, quien nos recibió muy amablemente y nos dijo que ya había hablado con don Benjamin y que deberíamos pagar únicamente los gastos del hospital y que no le pagáramos sus honorarios. Mientras hicimos los preparativos pre-operatorios – en esos años muy complicados – llenar formularios, etc., terminamos conversando sobre varias cosas. Me preguntó que hacía, y al escuchar que yo estudiaba historia en el Instituto Pedagógico inmediatamente se sonrió y me dijo “ah, el piedragógico”, que era en esos años un chiste conocido por las reiteradas protestas de los estudiantes en la Avenida Macul.
Me enteré por mi madre que el había sido hacía poco subsecretario de salud del gobierno de don Eduardo Frei Montalva, de manera que su comentario sobre mi casa de estudios venía de alguien que sabía de política, además de ser un conocido y prestigioso cirujano. La operación resultó un éxito total, y la mejor evidencia es que mi madre nunca más tuvo problemas con su vesícula y está pronto a cumplir sus noventa años. Después de la operación lo visitamos un par de veces y nos despedimos muy agradecidos por habernos ayudado en la situación en que nos encontrábamos. Por esos años, operarse en el Hospital Militar en Santiago era cosa de gente rica, o por lo menos gente importante, y cuando en el pueblo se enteraron, se asombraron pensando como habíamos pagado los honorarios de tan conocido Cirujano. Como soy una persona agradecida, siempre me quedé con las ganas de expresarle alguna vez mis agradecimientos por haber aliviado los males a mi querida madre.
Pasaron los años, se acabó la democracia en Chile, vino la cárcel y el exilio y la vida de muchos compatriotas tomó un rumbo inesperado que nunca me imaginé en 1971. Hace unos días, mirando las noticias de Chile en la televisión a orillas del Mar Caribe, veo de pronto el rostro de un señor calvo, algo gordito, señalado como uno de los posibles responsables del homicidio del ex presidente Eduardo Frei Montalva. Grande fue mi sorpresa al comprobar que el rostro que veía en la pantalla era el de la persona que le había salvado la vida a mamá, si, se trataba del mismo Patricio Silva, con ochenta años y en semejante situación de ser sindicado de asesinato. Mi primera reacción fue llamar a mi madre para compartir el hecho y ella me dijo que le parecía increíble que don Patricio haya hecho aquello de que se le acusa. Mis recuerdos sobre esta persona son aun muy claros y me cuesta también creer lo que se muestra en los reportajes televisivos. Una hija suya, casi al borde del llanto expresaba su convicción de la inocencia de su padre. ¿Cuál será la verdad? Solo basta esperar que los tribunales de justicia se manifiesten para luego acatar su veredicto. Mientras tanto, me sigo asombrando de la crueldad humana, la de ayer y la de hoy, que no cesa nunca y ante la cual no conozco una explicación satisfactoria. ¿Qué pudo haber motivado a los victimarios a cometer este magnicidio? ¿Cómo es posible que se piense que hay algo más importante que la vida misma?
En mi profesión de historiador, y especializado en el siglo XX con todas sus guerras, la primera, la segunda y la tercera que llaman Guerra Fría, siendo esta última la que más muertos produce, me confronto diariamente en mi labor docente con este tipo de hechos. En la mayoría de los casos los que actúan lo hacen por creencias, o ideologías, y se olvidan de este don divino que es la vida.
A pocas horas de realizarse las elecciones de presidente de la república. Uno de los candidatos, Marco Enríquez, a quien los medios de comunicación le preguntaron su opinión respecto al dictamen del juez Madrid sobre el asesinato del ex presidente respondiendo que comprendía muy bien el dolor de la familia Frei, sobre todo porque su propio padre, Miguel Enríquez, también fue víctima de los mismos que habrían asesinado al presidente Frei Montalva.
Es de esperar que con las próximas elecciones se consolide con más fuerza la convicción de que nadie tiene el derecho de quitarle la vida a otro ser humano y que los tristes hechos de 1982, entre tantos otros en Chile, no se borren de la memoria de la sociedad chilena. Para los acusados, solo puedo desear que logren establecer la verdad para luego tratar de lograr una de las cosas más difíciles para todos nosotros que es el perdonar, sobre todo cuando se trata de personas tan distinguidas como el doctor Patricio Silva, de quien aun guardo un grato recuerdo, y, que si se comprueba algún grado de responsabilidad, sería un caso más de una existencia arrastrada por las guerras del siglo XX que lentamente vamos dejando atrás.
Barranquilla, Colombia, Jueves 10 de Diciembre de 2009