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NUEVO DIARIO DIGITAL DEL CHOAPA - Noticias: 23 de diciembre de 2012
Octubre 19 2018 08:38:34
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23 de diciembre de 2012
columnaA mí el fin del mundo me sorprendió durmiendo, de modo que ignoro lo ocurrido.
No pude vender el video de Ronny Dance porque los subtítulos eran ilegibles.

La noche previa comí empanada frita de maucho, marisqueado en la costa de San Gregorio, en el estrecho de Magallanes. ¿Qué es un maucho? Para mi un híbrido consecuencia de macha y cholga convertido en especie de caracol. La empanada estaba latiguda porque la calenté al microonda, jamás hay que hacer eso con las empanadas sean de horno o fritas. Mejor el tostador o el mismo horno.
Conclusión; se puede existir sin la empanada de maucho, pese a que fue un 21 del fin del mundo.

La geisha falsa señala que el sexo le gusta poco. Habitualmente en su rubro es así, el único placer es el dinero y Anita Alvarado lo confirma...

Cuando llegué al hotel Belgrado de Moscú, en 1988 para la cumbre entre Reagan y Gorbachov, me llamó la atención de que en cada piso, había un departamento ocupado por una señora obesa con su familia. Supe que el marido trabajaba en otra parte y pluralizo porque todas las stuckachi que conocí eran gordas y sus esposos cumplían variados oficios.

También que estas señoras se dedicaban única y exclusivamente a vigilar la salida e ingreso de la gente y, en lo posible fisgonear, lo que ocurría en el interior de las habitaciones, en el caso de los hoteles y de los departamentos.

Contaba Guy Burgess, espía británico infiltrado en el M16 inglés por la KGB, que en un momento hubo 17 millones de stuckachis, de ambos sexos, o sea un informante del entorno por cada diez habitantes cuando la población de la URSS alcanzaba menos de 200 millones de habitantes.

Imagino que la camarada informaba por un teléfono negro antiguo al comisariat: “Piotr Teodorovic ingresa a su habitación una dama rubia de occidente. Recomiendo redoblar vigilancia. Es probable que sea una agente de la CIA que seduce al camarada para obtener información.

¿Información de qué? Si quizás Piotr era un simple conductor del metro.

En el hotel, yo la saludaba amablemente, nunca subí a una de las chicas que se apostaban en la entrada del lobby. Las jóvenes moscovitas eran estupendas y solo podían ingresar al establecimiento llevadas por un turista. Las mujeres accedían a un pase, o sea compartir una hora en la pieza del extranjero, para luego bajar, habiendo cumplido un servicio especial. A cambio, acceso al bar y al comedor donde abundaba el abastecimiento de productos que no se encontraban en el comercio local. El fenómeno era igual en Bucarest, Berlín Oriental, Budapest y Praga.

Personalmente vi a mujiks y similares, todos obesos, como si la información engordara.

En Chile el fenómeno se repite; son informantes multi orientados pues pelan al jefe con sus pares y a sus pares con el jefe (esto último hubiese sido un pasaje de ida a Siberia en los tiempos de Stalin), mantienen un tejido de relaciones con todas las dependencias dignas del régimen staliniano (que puede ser en nuestro país a nivel central, regional, municipal o cualquier cosa). Son adiposas de ojos que acusan otra cosa a lo que indica la sonrisa que no se les despinta ni con la mierda al cuello.

A esas gordas uno las encuentra en todos los servicios públicos. Sí, porque en la empresa privada aparte que nadie pela a nadie porque la que quita la mirada de la pantalla, es severamente amonestada, andan a la caza de personal esbelto y estas morsas no tendrían cabida, eso ya lo sabemos.

En la URSS una delación de la stuckachi podía tener graves consecuencias, aun cuando fuese infundada. Que Feodor haya descolgado un cuadro de Stalin, lo convertía en sospechoso del sistema; que Dios lo salvara, si encontraban un afichito de Coca Coila escondido por ahí. Las horas de entrada y salida de todos los habitantes ya fuera del hotel o del edificio residencial eran registradas minuciosamente. Los 17 millones de empleados debían justificar el alojamiento gratuito privilegiado de alguna forma.

Como ocurre siempre, los que viven del abastecimiento y acuseterío de la información entregada a superiores, captan unánimes antipatías pese a que el entorno le hace la pata como locos. De manera que cuando, también ni dios quiera, caen en desgracia, la capotera no se hace esperar.

Lo peor para una stuckachi fue carecer de materia prima y en consecuencia no justificar el cargo. Los superiores la sustituían, devolviendo a la ex embrión de espía a un status igual a los demás con el agravante que tenía que convivir con seres ávidos de venganza por calumnias, injusticias e infundios. Por eso la espía rasca y con algunas variantes la de ahora se aferra al cargo a costa de cahuines y de mantener los lazos con su red de poder hibrido.

En 1973, Chile aprendió que era un país de cientos de miles de stuckachi que con tal de vengarse de alguna ofensa, delataba a sus vecinos sin mayores pruebas. Hubo gente que lo pasó muy mal por culpa de estos soplones.

Al parecer el hábito se extendió en nuestro país y se mantiene hasta el día de hoy. Convertirse en el embudo de la información otorga otro status en cierto modo privilegiado a costa del temor del entorno. Aquí y en la quebrada del ají.

La preferencia entre los soviets por las informantes mujeres tenía un origen comprensible: ellas le hacen menos al copete. Casi nunca vi a un mujik del guardarropa, Inspector del metro o ascensorista lejos del medio filo. El gollete de la botella de vodka estaba a la vista. Y eso que me tocó la época cuando Gorbachov limitó la compra de alcohol a una vez por semana. Pero el problema de aliento a trago y ajo se remonta a tiempos de zares.

Como era de suponer, le hicieron un golpe de estado al cabo de pocos meses de instaurado el sistema de chantar a la fuerza a la población.

Según nuestra oficina de encuestas, las fantasías sexuales de los chilenos y haitianos marcan una preferencia por las carabineros-son las que imponen el orden y son las amigas en el camino-, seguidas en ese orden por la Fuerza Aérea y el Ejército. La Armada no registró preferencia porque las náuticas aparecen poco. Mis amigos homosexuales señalan que les gustan todos los con uniforme.
No obstante en lo que a disfraces se refiere, al enfermera gana lejos.


NOVEDOSO RELATO NO FICCIÓN DE NAVIDAD.

Fue reportero gráfico durante muchos años del diario “Clarín”. Dirigente del sindicato de obreros del diario entonces dirigido por el Gato Gamboa, representaba a uno de los frentes de la izquierda revolucionaria de entonces.

Inmenso, a veces algo huraño, podía ser tremendamente simpático como irreverente. Cuando no empatizaba con alguien, al despedirse, susurraba. Que le vaya mal. Robusto pero no musculoso, obedecía a veces al apodo de “Farsán”, porque no tenía la contextura de la pareja de Jane…

Sus últimos dos años los trabajó con Guido Vallejos aunque no integraba el Chacota Club. Vino el 11, supo que lo querían detener y partió con el periodista Claudio Espinosa a Ecuador. Lo hizo a tiempo por cuanto la DINA entretuvo a su hermano en un ascensor al confundirlo con Lucho.

La leyenda cuenta que desapareció de Quito, se adentró en la selva y permaneció allí por años.

Dejó en Chile a esposa e hijos que nunca más lo volvieron a ver. La pareja desconcertada siempre pensó que nosotros sabíamos del paradero de Lucho y lo ocultábamos.

Claudio Espinosa retornó, luego de separar rutas con el reportero gráfico e ingresó a La Cuarta donde terminó su carrera.

Lucho era muy aficionado a la cobertura de festivales, fue en el de La Guinda en El Romeral donde fotografió a Víctor Jara con Fernando Alarcón en un hotel de parrones y jardines en Curicó.

Una tarde después de almorzar en el peruano de calle Miraflores, lo llevé al cine Rex para que viéramos “ Satiricón” de Federico Fellini. Se durmió durante los créditos.

Pero la leyenda de Lucho, revivió la semana pasada cuando un amigo suyo, Jesús Alberto Bonilla, de una ciudad colombiana, cuenta sus vivencias con su amigo chileno. Él nos relata que falleció en el 2004 y sus restos yacen en el Panteón del Gremio de Periodista de El Huila.

“Lo conocí a Lucho, como le decíamos, más o menos en 1995, cuando llegué a Neiva, ciudad de tierra caliente, capital del departamento del Huila. Él ya llevaba varios años aquí, lustros tal vez. Fue reportero gráfico de Diario del Huila, maestro de los actuales reporteros gráficos que trabajan en los cinco diarios que tiene la ciudad actualmente, o por lo menos de la mayoría y de algunos de otros medios nacionales como El Tiempo.

Casi nunca hablaba de su pasado, lo hacía sobre todo con esos muchachos que fueron sus alumnos, a quienes les enseñó su oficio y todos sus secretos desinteresadamente, particularmente a uno llamado Carlos Alberto Rojas, quien era como su hijo adoptivo y compartía con él un muy pequeño y lánguido apartamento donde residía cuando murió. Carlos todavía le dice mi viejo cuando se refiere a Lucho.

Fue una persona muy bien querida por todos, y me refiero a desde gobernantes de la región, del departamento, alcaldes de Neiva, la capital; hasta funcionarios de alto rango, senadores oriundos de esta región, diputados departamentales, concejales.

Su militancia política en Chile se conocía, pero a nadie le importaba eso aquí. Simplemente era Lucho el chileno, y se codeaba con políticos de derecha como de izquierda sin despertar resquemores. Si alguna vez hablaba de política, era sobre la de su país natal -porque Lucho se nacionalizó colombiano- y sobre todo cuando de Pinochet se escuchaban noticias.

Recuerdo alguna vez que hospitalizado por algo, lo visité. Fue cuando el juez Baltasar Garzón requirió al ex dictador en una visita a Londres. Lo vi algo ambiguo, entre triste y contento. Me comentó que le daba temor morir antes de que Pinochet fuera castigado como se lo merecía. En ese momento me contó de su huida de Chile, creo que por Viña del Mar, así como su periplo por Ecuador y Venezuela, lo que le pasó a su hermano, que, si no estoy mal, lo visitó aquí en Neiva.

Esa misma vez me mostró un libro en ruso sobre el golpe al presidente Allende, que alguien le mandó regalar. Allí había una foto suya con el Líder chileno. Me contó algo de su cercanía con él.

Murió feliz porque, en medio de sus grandes limitaciones económicas, nunca dejó de disfrutar su ron añejo y sus cigarrillos Imperial. Estaba grueso, pero creo que desconocía que podía tener problemas de corazón.

Si bien por varios años fue fotógrafo de planta de Diario del Huila, los últimos los dedicó al rebusque, como le decimos en Colombia a trabajar en lo que salga, pero en este caso, a las fotos que pudiera tomar en reuniones, fiestas folclóricas, noticias, restaurantes familiares, etc.

En 2004, no recuerdo bien la fecha, un alcalde de un pueblo cercano lo contrató como fotógrafo oficial de las ferias y fiestas de esa localidad. Trabajando ese domingo lo sorprendió una fuerte tos, que no era otra cosa que un infarto. La ambulancia que lo transportó a Neiva no llegó tan a tiempo como se hubiera deseado al hospital general donde murió y le robaron su cámara y sus últimas fotos.

Su funeral fue concurrido. Recibió palabras elogiosas de mandatarios, políticos, menciones de honor, resoluciones en su memoria; pero la caja que fue su última morada, la compramos con aportes del gremio periodístico.

Fui el encargado de hacer la colecta insuficiente y luego pedir ayuda al gobierno municipal; no obstante, lo que se consiguió alcanzó apenas para un escueto cajón de cuatro tablas sin siquiera una moldura. Así se fue Lucho, querido pero pobre como cuando llegó”.

Que disfruten este año 2013 y no se pierdan los choclos con mantequilla.
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